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Caceria provincia de San Luis

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Written by Naum Chertkoff
Tuesday, 20 May 2008 00:18

Cuando llegue a Concaran, provincia de San Luis, un colega me informo sobre un pueblo llamado San Martin, en el cual había una farmacia y por ello decidí investigar la zona.

Partí por la mañana, provisto de comida, pues el amigo me dijo que no había hotel.

Ya había viajado unos cuarenta kilómetros cuando me encontré con un panorama distinto, que me hizo detener el coche.

Tome por un atajo y me interne unos ochocientos metros hasta que no pude seguir y por ello decidí acampar.
Habia una especie de caverna, en la que introduje el furgón y comencé a preparar la comida mientras oía música en la radio del auto.

Los alrededores eran montañosos, alternándose con pequeños valles en los que habían grandes árboles.

Una vez que almorcé, decidí dormir, pues pensaba cazar la mayor parte de la noche.

Después de la siesta, tome mate y cuando hube limpiado los utensilios me dirigí a unos arboles que se encontraban a trescientos metros aproximadamente.

Lleve el rifle veintidós y la pistola. Cuando me acercaba oí el ruido producido por cierta clase de paloma que se encuentran en esos lugares y por información de amigos, sabia que eran muy sabrosos.

Comencé a ocultarme y lentamente me fui acercando hasta tomar posición de tiro a unos cuarenta metros. Ubique a una entre el ramaje e inmediatamente dispare haciendo blanco, las demás volaron posándose en otro árbol al que me acerque.

En siete tiros obtuve seis hermosos ejemplares, luego de lo cual regrese al campamento.

Los limpie y colgué en un gancho cerca del fuego. Puse una olla con agua y luego las palomas, le agregue sal, pimienta, ajo, perejil, laurel, tomillo, dos papas, cebolla, una zanahoria, cuatro pimientos, cuatro choclos desgranados, un paquete de hongos, medio vaso de vino y los deje que se cocinaran a fuego lento.

Comenzó a oscurecer por lo que resolví encender el farol sol de noche a gas, que siempre estaba en el coche y lo había comparado para ocasiones como esa.

Tenia un sillón plegadizo que puse cerca del fuego me puse a leer un libro de cowboys, mientras la comida seguía su curso y la radio transmitía un hermoso programa musical desde Buenos Aires.

Me encontraba solo, en plena noche alejado de todo punto poblado, pensaba e mi familia, recordando cada travesura de mis hijos, la dulzura de mi esposa, los momentos felices pasados en compañía de los míos y sentí deseos de tenerlos conmigo.

Siendo las veintidós horas, comí comprobando que verdaderamente los loros eran un manjar.

Decidí cazar algunos más, para llevar a Mercedes y regalar a los amigos. Lo que sobro de la comida, lo guarde en una fuente especial que había comprado antes de partir de Villa Dolores.

Siendo las veintitrés horas me acosté para descansar, pues a las dos de la madrugada, pensaba hacer una salida con el objeto de cazar algo fuera de lo normal.

Cuando desperté, avive el fuego y tome unos mates. Perfectamente armado y con una buena linterna de cinco elementos, me interne en la noche oscura, guiándome por los arboles que tenia al frente.

Cuando ya había rebasado esa zona, encontré vizcacheras, pero, como no eran mi objetivo, me abstuve de disparar.

Siendo las cuatro de la madrugada y cuando ya desesperaba de encontrar algún puma, vi delante de mí brillar unos ojos muy particulares, pero fue tan fugaz que creí haberme engañado.

De cualquier forma me acerque para investigar y cuando retrocedía por creer que estaba equivocado, distinguí un hermoso macho a una distancia de unos ochenta metros que trataba de ocultarse.
Apresuradamente rodeé una gran piedra y fui acercándome en contra del viento para que no pudiera olfatearme.

De pronto nos enfrentamos y fue tal la sorpresa de ambos que nos quedamos inmóviles.

El animal reacciono con un gran salto, con el que trato de ocultarse, pero, instantáneamente entre en acción y apoyando el rifle en la cadera dispare cuando ya estaba en el aire y desde una posición muy difícil, pues el salto hacia un costado y en forma imprevista.

El puma, todavía en el aire, vibro como si hubiera recibido una descarga eléctrica y cayo sobre sus patas delanteras.

Extrañado observe que en lugar de correr, continuaba caminando y esto me dio la pauta que estaba herido.

Como un novato y debido al momento que estaba viviendo, muy distinto al de cazar vizcachas, demore en tomar puntería y esto le permitió ocultarse. Comencé a avanzar lentamente con todos los sentidos puestos en lo que hacia, pues el animal herido era peligroso.

Unos veinte metros mas adelante, encontré el rastro y me dispuse a seguirlo, pero éste

me llevó a un lugar donde el suelo era rocoso y volví a perder su huella.

Con la potente linterna encendida trate de ubicarlo, viendo premiada mi constancia pocos minutos mas tarde, cuando al terminar la parte rocosa, encontré huellas de las garras del animal.

Efectivamente, unos veinte metros más adelante estaba sentado sobre las patas traseras.

Con la boca entreabierta comenzó a rugir pero, sin moverse, lo que me hizo comprender, que estaba herido de consideración.

Dirigí la luz a su cara y tomando puntería, dispare. El proyectil le penetro en un ojo, con lo cual el animal salto, cayendo cuan largo era; me acerque y le di el tiro de gracia en la nuca.

Ya muerto, recorrí los alrededores ante el temor de que estuviera cerca la compañera.

Me encontraba completamente solo en un lugar muy solitario y a más de cuarenta kilómetros de la población más cercana. Era de madrugada y hacia frio. Pensé que de ocurrirme algo, me seria muy difícil poder solucionarlo, pero había estado en igual situación tantas veces que ya no temía a nada y en momentos como el que estaba viviendo, sólo sabia que debía tener los ojos y los oídos muy alertas, el resto lo harían las armas.

Era la sal de la vida y no comprendía como era posible que la gente considerara una locura el hecho de salir de cacería.

Media hora más tarde, tranquilizado por no haber encontrado nada, arrastre al animal hasta una piedras que había casi a ras del suelo y procedí a quitarle la piel.

Siendo las siete horas de la mañana, regrese al campamento satisfecho por la pieza obtenida y muy alegre, como si hubiera ganado un concurso de cobranza.

Luego de salar el cuero, lo ubiqué en el cajón que siempre llevaba para esos casos y desayuné lo que había sobrado de las palomas.

Dormí hasta las once horas de la mañana, hora esta que recogí todo luego de haber comido un chorizo asado, emprendí la marcha, pero no llegué a San Martin hasta las diez y nueve horas, pues estuve cazando en la ruta, perdices montaraces de un tamaño fuera de lo normal. Terminé las ventas siendo las veintidós horas y el último cliente fue la farmacia.