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Hospitalida del gaucho

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Written by Naum Chertkoff
Tuesday, 20 May 2008 00:20

Hacia varios grados bajo cero y corría el peligro de congelarme o por lo menos de pescar una buena gripe.

Decidí combatir el frio haciendo fuego con leña que por cierto no faltaba en los alrededores, además tenia una tira de asado que pensé comer cuando a lo lejos distinguí una débil luz que imagine provenía de algún rancho.

Luego de agregar a las armas que ya tenía conmigo una pistola siete sesenta y cinco, una caja de balas, una escopeta calibre diez y seis que cruce s obre mi espalda, cerré el coche con llave y comencé a caminar en dirección de la luz.

Efectivamente, provenía de un rancho que estaba a unos treinta metros de la ruta.

Me acerque teniendo el rifle pronto para disparar, era un Colt semiautomático calibre cuarenta y cinco que cargaba veinte balas, pero tuve que detenerme ante una jauría de perros de gran tamaño que me cortaron el paso.

En ese momento se produjo una descarga eléctrica y debido aun relámpago, pude apreciar el caserío que se componía de varios ranchos pequeños y delante de ellos había un gran árbol de copa frondosa, debajo del cual estaban siete u ocho hombres, de aspecto nada tranquilizador. Uno de ellos se adelanto y me dirigió la palabra por lo que no pude retroceder.

-----. Buenas noches. —Dije, notando que mi voz no era muy segura.

-----Güenas…paisano…adiéntrese….¡juera perro!....¡juera ca…racho!

----. Señor, se me descompuso el coche a un kilómetros de acá, me acerque pues hace mucho frio y pensé que tal vez me dejarían pasar la noche en su casa o por lo menos cerca del fuego.

-----. ¡Pero, como no!….¡este es un rancho crioyo, es bien recebido!...arrímese al jogon, a ver….che L’oncio, si el hombre gusta, cebale unos mates pa qui se caliente las tripas y vos, Pancracio, pone una tira de asau ‘al juego….

Todos se movilizaron para cumplir con lo ordenado y en pocos minutos me encontré sentado sobre un banco de madera hecho con un tronco, tomando mate cerca del fuego.

Los hombres tenían aspecto de ser arrieros y confirmaron esta idea, los caballos atados a los palenques, los cuchillos en la cintura de cada uno y los largos látigos.

Tenían todos sus respectivos perros y por ello, el aspecto general del lugar era muy particular, teniendo un colorido digno de ser trasladado a una tela.

Ningún pintor o actor de cine, podía haber preparado un escenario tan original y verdadero como el que yo estaba presenciando y del cual pasea formar parte, con el solo hecho de sentarme cerca del fogón y tomar mate con esos hombres.

Mucho me hubiese gustado que en ese viaje estuviese acompañado por el Gerente, para que cuando regresara Buenos Aires, pudiera contar a los de la capital, como vive la gente de campo y las cosas que nos solían pasar a los viajantes de interior.

----. ¡La pucha q’anda armau el hombre!---Dijo uno del grupo que me había estado observando desde que llegue.

-----. Me gusta mucho la cacería y en esta zona hay muchas vizcachas. —Dije para dar una explicación por ser un arsenal andante. Tenia puesto un poncho vicuña y por ello no pudieron ver que además tenia la pistola siete sesenta y cinco, oculta debajo del chaleco y con el cargador de nueve proyectiles puesto.

Una vez que comí el asado, muy sabroso por cierto, por indicación del dueño, montamos a caballo y nos dirigimos a donde había dejado el auto para remolcarlo hasta el rancho.

Cuando llegamos, probé el arranque y el motor funciono, por lo que apresuradamente regrese, pero al llegar nuevamente se detuvo debiendo empujarlo unos treinta metros.

Procedí a repartir muestras de los productos que llevaba y eran conocidos por esa gente. Demostraron alegría ante los obsequios que para ellos tenían gran valor, por no contar con servicio medico cercano.

-----Señor, mi mujer le prieparo una cama… pobre, pero limpia, pa que duerma. Venga acuéstese, qui nojotros le cazaremos unas vizcachas pa que yeve a su casa. —

-----. Le agradezco mucho, pero no tengo sueño y además ya son las tres de la madrugada, tomare unos mates y cuando amanezca buscare a alguien que me lleve hasta San Francisco. Me gustaría que me venda un chivito.

----. Acuéstese qu’ en cuanto se levante, va’atenir tuito prieparau. —Y volvió a insistir con tal firmeza, que temi ofenderlo, por lo que lo seguí hasta donde estaba la cama. Antes entregue las armas largas y una buena cantidad de cartuchos y balas.

Comprobé que verdaderamente era una pieza muy pobre, con piso de tierra, en la cual estaba la cama, de una limpieza especial, con varias frazadas.

Un cajón hacia las veces de mesa de luz. En el, había una vela encendida y una botella con agua, un vaso y una servilleta muy banca, además de una silla muy vieja completaban el moblaje.

Luego de sacarme las botas, me acosté boca arriba, con las dos pistolas fuera de sus cartucheras y con los dedos en los gatillos.

Estaba tapado por una frazada que impedía me vieran en esa posición. El sueño me vencía lentamente a pesar de haberme propuesto no dormir.

El ambiente cálido y el cansancio por fin hicieron lo que faltaba y por ello me dormí. Entre sueños oí disparos de la escopeta y del Colt por lo que deduje que estaban cazando.

De pronto, como entre una espesa niebla, vi que se abría la puerta de la habitación y uno de los hombres que insistió le prestara la escopeta, entro con esta empuñada y caminando en punta de pie. Yo, al ver esto con los ojos entre cerrados, como para que no se diera cuenta que estaba despierto, le apunte con las dos pistolas por debajo de las frazadas y monte los gatillos, pronto a disparar.

Lo deje acercar un poco mas, sabiendo que viviría el que disparara primero, por el gran calibre de las armas y por la distancia que se efectuarían los disparos.

Me tenía mucha confianza y sabía que antes que pudiera presionar el gatillo, lo partiría al medio con la Montecristo, que tenia dos cartuchos con grandes perdigones.

Cuando ya estuvo bastante cerca, comencé a presionar lentamente los gatillos, hasta el descanso natural que tienen esas armas.

Cual no seria mi sorpresa, al ver que el hombre, cambiando de posición el arma, lo apoyaba contra la pared cerca de la cama y volviéndose salía de la habitación tan silencioso como había entrado.

Lentamente baje los gatillos y respire hondo, el hombre nunca sabría lo cerca que estuvo de la muerte.

Comprendí que no debía desconfiar de esa gente sencilla y de gran corazón, que me hizo recordar a mis paisanos de Entre Ríos.

Mayor fue mi sorpresa al ver, cuando salí del rancho, una gran cantidad de vizcachas que ya estaban cuereadas y preparadas, además de un hermoso chivito que también había sido carneado.

-----. Esto es pa que lo coma con su familia.---Dijo el hombre al verme.

La señora me había entregado un pan casero caliente.

-----. Señor no se como agradecerle las atenciones…me gustaría pagarle lo que usted diga.

-----. No me ofienda…no le cobramos nadita, uste nos hizo mucho bien con rimedios qui nos rigalo…y haymas uste durmió bajo mi techo…no señor…no nos debe nadita…uste es un amigo y de los guenos…tomo mate, como guen crioyo.

-----. Me crie en el campo…todo esto no es nuevo para mi.

-----.Ya me ‘y dau cuenta anoche cuando monto a cabayo…

-----. Bueno, por lo menos quisiera dejarle otros remedios y explicarle a alguien como se usan.

-----.Sera gueno…sabe…mi mujer jue a la‘scuela y sabe lier…si, es una gran mujer…---Dijo contemplando a la mujer que vestía a un niño.

Durante la noche le dimos a este el jarabe para la tos que yo tenia en el coche y se calmo bastante.

Siendo las nueve horas de la mañana y mientras esperábamos el ómnibus, como para entretenerme, intente hacer arrancar el furgón y el motor respondió como en los mejores tiempos. Partí inmediatamente pensando por lo menos llegar a San francisco. No tuve suerte, pues faltando diez kilómetros, se detuvo nuevamente,

Siendo las once horas y como no pasaba nadie, junte leña e hice fuego.

Una hora y media mas tarde, camia medio chivito con gran apetito. Lo acompañe con el pan casero y una botella de coca que tenia en el auto.

En una casa cercana compre dos de estos animales, pues pensábamos hacer una cena e invitar algunos amigos. Festejaríamos el aniversario de nuestro casamiento con gran alegría.

Un empleado de Agua y Energía me cambio el condensador y pude llegar a San Francisco.

En esta localidad un mecánico me reviso el coche, mientras yo trabajaba. Partí para Quines a las veinte horas, recorrí treinta kilómetros de los sesenta y nuevamente comenzó a fallar, para luego detenerse.

Ni siquiera levante el capot, directamente baje del coche y luego de cerrarlo, me dedique a cazar obteniendo siete piezas, entre vizcachas y conejos de los palos.